Contra la resisticracia. Artículo en Píkara Magazine

Ilustración de Sonia Lazo

Me quité de en medio
por no estorbar,
por no gritar
más versos quejumbrosos.
Me pasé muchos días sin escribir,
sin veros,
sin comer más que llanto.

Gloria Fuertes, “Autoeutanasia sentimental”

Recupero #DesdeMiOsera tras unos meses de doloroso silencio personal que se han sumado a esta reclusión generalizada. Me había prometido no escribir sobre el terrible estado en el que nos ha sumido la Covid-19 y me ha resultado imposible. No quería añadir más a todo lo escrito, pero tengo que desbloquear aquí para seguir creando desde otro sitio. Aquello que nos sucede nos remueve, y marca la realidad de manera inevitable atravesando nuestros centros de acción y la médula de lo que somos. Como apuntaba Clarice Lispector: “Tengo miedo de escribir. Es muy peligroso. Cualquiera que lo haya intentado lo sabe. El peligro de remover cosas ocultas, –y el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar–. Para escribir debo colocarme en el vacío”.

A muchas de nosotras la pandemia ya nos había pillado en extrañamiento, así que no hemos hecho más que sumar dificultades a nuestro proceso adaptativo. Gestionar un duelo, lidiar con la neurodivergencia o convivir con diferentes formas de violencia y exclusión durante el confinamiento supone un descenso a las raíces ocultas que nombraba Lispector. El bloqueo nos ha apartado de los sistemas públicos de ayuda, obligándonos a refugiarnos en las redes afectivas cuando están disponibles, a confiar en la bondad de las desconocidas1. Como escarabajos peloteros amontonamos dolor, miedos o desintegración emocional. Eternas resilientes, esta vez hemos añadido nuevas pérdidas y una sofocante incertidumbre a la gigantesca pelota de estiércol.

Nos dirigimos sin cartografías hacia algo que me rebelo a llamar nueva normalidad porque es más de lo mismo, pero con la agravante de que se nos exige resistencia, obediencia y contención sin límites.


Para facilitarnos esta transición nos proponen ceremonias, que por gregarias me resultan terroríficas. Todo se me antoja una alarmante cacotopía2 de serie B en la que, sobrevivir, como es habitual en nuestra especie, solo está al alcance de cínicos, capitalistas y oportunistas. La vida de las que estamos en la gama baja se ha ritualizado para conseguirnos homogeneidad social, control y aislamiento. Los medios de comunicación y los discursos de poder han creado, prórroga a prórroga, la cantidad necesaria de egrégores3 para mantenernos quietecitas, asustadas y agradecidas. Participamos diligentes y de buena gana en el reto viral de la resisticracia. Nos han acompañado pegadizas y ñoñas melodías postfranquistas, hemos gritado consignas huecas tras aplausos estériles y conciertos de balcón. Aún bailamos al son de cifras y congas políticas, aplanando la curva a base de pan casero, yoga y videollamadas. Hay que seguir adelante, cueste lo que cueste, hasta alcanzar un nuevo y ordinario status quo. Qué miedo buscar, adoptar y crear normalidades. Nos piden, para ello, encerrarnos a mano lavada y a calzón quitao. Debemos mantener las rutinas, seguir activas, superarnos y resistir. Nos apresuramos a emitir nuestras tristes habilidades. Si ella puede, yo también. Se suceden los tronchantes directos, los soporíferos recitales poéticos y los discursos politizados o conspiranoicos. Y, cómo no, proliferan los guruses, las señoras de pelo crepado y las terapias gratuitas para superar nuestras cosillas de raras sin timón.

De improviso estamos rodeadas de expertos, de autoridades en esto y de eminencias en aquello. Y curiosamente cada vez sabemos menos, somos más agresivas y opinamos peor. Celebramos a los espontáneos que nos alivian la cuarentena en las redes, aumentando así el terrible valor del capital social. Académicas o folclóricas, pandémicas o celestes, seguimos alimentando un único biosistema infinito: animadora/capitán del equipo/las raritas. Observamos, como si de un bizarro guiñol mediático se tratara, los despropósitos de nuestros políticos con sus ridículas reyertas. Criticamos a los covidiots de variado pelaje, devenimos trolls buenistas. Banalizamos a la cayetanía, considerándolos mascotas excéntricas y anacrónicas cuando son auténticos PPP, ávidos de supremacía. Proclamamos que toca reinventarse, ser creativo, generar. Que esto es una oportunidad, que la naturaleza se está recuperando, que saldremos cambiadas y devendremos versiones mejoradas del ser humano. Valoraremos la sencillez, consumiremos menos y cuidaremos del medio ambiente respetando al machacadísimo reino animal. Bullshit.

Pero lo que subyace en nuestra cacotopía, el mundo oculto en las raíces, es tristeza, dolor y ausencia de reparación. Vivimos un estado de alarma infantilizado y anestésico, en el que los muertos se cuentan a cientos y el leydevidismo hacia nuestros bravos mayores nos hace sentir mejor. Un minuto de silencio y pa casa. Se ocultan realidades incómodas, normalizamos el estado policial y aprendemos indefensión, nos parece normal que las ucis se multipliquen y que los féretros se amontonen. Regocijémonos, que ayer solo contabilizamos 348. Pero en realidad no pensamos en la muerte, nunca. Damos pésames como dando los buenos días, ofrecemos consuelo como quien regala un cromo repetido. Se suceden sin descanso los memes, los héroes sin capa ni contrato digno. Los urbanos cantan cumpleaños feliz y las nubes se levantan. Emborronamos pancartas y perpetramos carteles. Adoramos los dibujitos de arcoíris, soltamos lagrimillas con los anuncios de cerveza, hacemos manualidades con los infantes. Los ególatras de balcón nos torturan a guitarrazos, la vecindad se torna a veces siniestra y justiciera. En las redes y en la calle crece la mala baba fascista, el clasismo, la lgbtfobia, el machismo, el racismo y la violencia. El teletrabajo aparece como nueva forma de reventar los derechos laborales y la conciliación. ERTES que son mentira, ayudas y prestaciones que no llegan. Las redes en barrios y algunas entidades sangran cada día para poder abastecer con alimentos a demasiadas personas. Se multiplican las situaciones de desamparo, miseria y crueldad social. Pizza, impotencia y TikTok para todas.

Por eso esta vez no puedo tirar de sentido del humor ni darle la vuelta a lo que nos está pasando, lo siento. Estoy trabajando duro desde la rebeldía, la ternura y la autodefensa para no fragmentarme del todo. Únicamente puedo ofreceros silencio, acompañamiento y calma. Quizás un germen de lucha colectiva que debería brotar pronto. 

Porque volveremos, y confío que este contagio masivo de resistencia y anhelo de libertades no nos haya hecho inmunes a la acción. 


No corramos a llenar nosotras también terrazas, playas y montes sin objetivo, solamente porque el estado de cosas lo permita. Exijamos tiempo para poder recuperarnos, para saber vivir de nuevo. Porque oye, que no, que el virus no somos nosotras. El virus es un microorganismo sin control, un actor inesperado que nos ha arrebatado a muchas personas preciosas. Que nos ha dejado heridas, rotas y con secuelas a tantas otras. Y les debemos -nos debemos-, un tempo lento para lágrimas y puños cerrados. Exijamos espacio para este duelo colectivo que viene acompañado de una grave crisis económica y social. Resistiremos, sí, pero a las milongas de la productividad, de levantar el país y del muerto al hoyo y el vivo al bollo. No somos una sociedad de menores de edad sin responsabilidades. Hemos visto y sentido muchas cosas estos meses para que sigamos ancladas a estructuras caducas. Que la memoria de estos meses, de nuestras muertas, nos movilice hasta los cimientos. Enfrentemos la tan cacareada e impuesta “nueva normalidad”. Intentemos construir algo genuino y fértil, cada una en su pequeña parcela y con nuestros privilegios y limitaciones al servicio de todas. Hemos aprendido que la vuelta, que la vida, nos la tenemos que organizar nosotras desde aquello que amamos. O como escribía la Fuertes: Empezamos a saber vivir /un poco antes de morir. / (¡Qué putada!)


Notas de la autora: 

1 Adaptación de la frase pronunciada por la protagonista, Blanche DuBois, en la obra de teatro Un tranvía llamado deseo de Tenesse Williams, justo antes de entregarse mansamente en manos de la psiquiatría tradicional.

2 Término equivalente a distopía, pero que escojo en lugar de este último por su carga significativa. El primer uso conocido fue en 1715 en en el noticiero satírico atribuido a Thomas Berington: News from the Dead: or the Monthly Packet of True Intelligence from the Other World. Según la estudiosa María Teresa G. Cortés, este uso de la palabra se refiere a “una visión satírica sobre Gran Bretaña que arremete contra la impiedad de la sociedad contemporánea y considera la vida cual pesadilla moral.”

3 Un egregor, según el ocultismo, es un pensamiento colectivo alimentado por creencias intensas y que acaba imponiendo sus propias dinámicas, convirtiéndose en un obstáculo insalvable.

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