Píkara Magazine: Peluquería de Señoras.

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Ilustración de Sonia Lazo

 

En memoria de mi querida madre 1932-2020.


“Si la vieras con mis ojos… /Tú también serías capaz… /De no cansarte de verla, / sin mirar a las demás…”
Ray Girado, letra para el cantante Dyango

“Una mujer que se corta el pelo está a punto de cambiar su vida”.
Coco Chanel

Tengo pocos recuerdos de la primera infancia, por lo visto algo pasó en algún momento que fracturó mi memoria de esos años. Pero sí que conservo algunas imágenes o sensaciones: los besos de mi padre cuando llegaba de los turnos, o la paz que experimentaba sentada en la galería de mi casa dibujando en una libreta, mientras mi madre pisaba frenéticamente el pedal de la Singer al ritmo de los severos consejos de Elena Francis. Evoco también las dulcísimas ensaimadas de “la guarra”, una granja pastelería que había cerca de mi primer cole. Gracias a esas meriendas, he desarrollado una gran simpatía por los locales con mugre, que a menudo esconden una habilidad especial para la gastronomía casera.

De esa época retorna a menudo el especial olor de la plaza de abastos de Tarragona. Mi madre me subía al reposapiés para que me vieran la pescadera, la carnicera, la pollera. Todas me decían qué hermosa, y qué cara de lista y seria tenía. Y yo sonreía tímidamente y sólo podía pensar en cómo se movían las patitas de las gambas y en comer aceitunas de la parada de salazones. A veces el mercado también era un sitio doloroso: conocidas que te retorcían los mofletes, moratones en los tobillos resultantes de feroces carros de la compra, recibir sin previo aviso algún pellizco de la mama si no me comportaba como ella quería, o cruzarme con los tristes ojos de los corderos degollados en sus bandejas.

El ritmo de la Singer cuyo pedal pisaba su madre, marcó la infancia de @Txus_Garcia

Pero sin duda, la remembranza más insólita está relacionada con el acceso a uno de los templos más sagrados de la femineidad de esos tiempos: la peluquería de señoras. Voy de la mano de mi madre, mansamente la acompaño a su lavado y marcado quincenal. A mí me toca cortar puntas, dice, y yo tiemblo por lo que va a venir: cojines raídos porque no llego a la silla, agua fría resbalando por mi espalda, tirones, pelitos que pican. Y en el enorme espejo, mi espantado reflejo de niña gordita envuelta en una bata manchada de mil tintes.

Estamos delante del local y ya me invade ese atroz tufo a laca Nelly, amoniaco y champú barato. Esta es la peluquería más popular de mi ciudad, una academia que congrega decenas de aprendizas con sus dedos titubeantes, lo que abarata el coste de los servicios a las clientas, voluntarias del vaivén educativo de tijeras y afeites.

«Las peluquerías de señoras de antes son espacio público que privatiza los cuidados, la complicidad y una protosororidad más efectiva que la actual, tan académica, obligatoria y fría» 

Cada vez que se abre la puerta, tengo la impresión que atravieso una invisible membrana de realidad, que penetro súbitamente en un mundo plagado de nuevos códigos y personajes insólitos. Las paredes están costrosas y presentan manchas de humedad, que han intentado ocultar con infinidad de pósteres de modelos, cardadas en su momento a la moda más rabiosa de París. Sus sonrisas estancas me inquietan, esos rostros afilados y mortecinos de labios marrones, sus pestañas desproporcionadas y la sombra de ojos verde parecen afirmar que jamás podré ser tan bonita como ellas. A mi izquierda, se amontonan los tocadores donde tiñen, secan ruidosamente o peinan a una variedad mareante de féminas, todas dueñas de una toalla y un vasito de cortado a medio terminar. Una escena me hipnotiza: una anciana sin apenas cabello sujeta un pequeño recipiente de plástico azul con una mano ajada, mientras que con la otra, le va dando pinzas oxidadas a la peluquera, que las engarza a unos rulos rosas que cuelgan precarios de algún triste mechón residual. Pero ambas sonríen, y emanan tanta dulzura que mi corazón infantil sabe que está asistiendo a algo muy importante. Más que las matemáticas que no entiendo en el cole, más que las noticias que relampaguea la tele de casa, más incluso que mi terror a algún adulto de mi familia.
A la derecha, veo una larga hilera de secadores de pelo, donde se arremolinan extrañas matronas con sus incómodos cascos galácticos. Pero ellas se muestran joviales, como astronautas alunizando convenientemente. La mayoría dejan reposar dulcemente en su falda varias revistas del corazón, de páginas brillantes y manoseadas. Comentan a gritos las intimidades de Carolina de Mónaco, la boda de Farah Diba o el descaro de Norma Duval. También estallan risas cuando florecen anécdotas domésticas sobre maridos torpes, despistados o demasiado bobalicones. Alguna lágrima también llegué a ver, entre bigudíes y redecillas, y el consuelo de experimentadas esposas, muy apegadas a decir “mándalo con su madre” a la menor oportunidad.

Al fondo, al lado de los váteres, está la sala de depilación, misterioso centro del negocio, donde entiendo que se realizan revelaciones o confesiones que harían palidecer a más de uno. Y aunque allí el olor a cera reutilizada y a cigarrillo fumado a escondidas es brutal, casi insultante, también tiene algo de psicotrópico. El ambiente emana conducta y equilibrio tribal, iniciático, y te sitúa al borde del trance. Hace mucho calor, los olores son penetrantes y vibra la música, como en cualquier lugar sagrado. Aquí la radio lanza a buen volumen las dulzuras de Dyango: “Si la vieras con mis ojos como yo, / de ternura harías todo lo peor”.

«La peluquería era el sanctasanctórum para recibir un contacto físico gratuito, necesario, sin sospecha ni mácula. Allá las señoras podían dejarse rozar, amasar y rascar por otra» 

Entiendo por qué en otros idiomas se le llama salón de belleza. Estamos en un espacio público que privatiza los cuidados, la complicidad y una protosororidad más efectiva que la actual, tan académica, obligatoria y fría. Y en eso, hay mucha belleza. Esas mujeres no podían compartirse entre ellas vía redes sociales o mensajería. Sólo la cita semanal, quincenal o mensual era su puerta de entrada al santuario de la comunicación. Un punto de encuentro libre de masculinidades donde comentar esto o aquello, de lo más frívolo a lo más doloroso. Un refugio donde además podían sentirse atendidas y halagarse las unas a las otras para reforzar autoestimas mermadas por la seca cotidianidad. Revisito mentalmente la película libanesa Caramel, o la magnífica Magnolias de acero. La peluquería era una oportunidad de encontrarse con más calma que en el mercado o en la puerta del colegio con otras compañeras, vecinas, saludadas o amigas. Un espacio seguro donde transmitir informaciones sociales o recetas, pasarse las direcciones de tarotistas y aborteras, comentar entre susurros cómo combatir la sequedad vaginal u obtener pruebas de infidelidad. Y muy importante, la peluquería era el sanctasanctórum para recibir un contacto físico gratuito, necesario, sin sospecha ni mácula. Allá las señoras podían dejarse rozar, amasar y rascar por otra. Atusarse delicadamente testuz, manos, pies y cabellos. Peinarse siempre ha sido un acto precioso y exacto, entre sensual y tierno. Como animales que somos, acicalarnos las unas a las otras nos conecta con nuestras pieles y aromas, nos mezcla y nos abre a la intimidad. Cuántas fantasías habrán medrado en estos establecimientos, cuántas caricias deseadas, buscadas, frustradas, entre mujeres. Complicidad, apoyo, evasión, comunicación y deseo. En todas estas cosas insignificantes y aparentemente banales he pensado hoy, mientras una chica a la que no he preguntado el nombre se afanaba en recortar mis canas hasta un nivel aceptable sin mirarme a la cara. Entretanto, el resto de parroquianas anónimas de la peluquería mantenían fija la vista en sus móviles y el papel cuché agonizaba en la mesita de la entrada. Sonaba en el aire cualquier canción tonta, hablando de soledad.

2 Comments

  1. Buenísimo el artículo de la peluquería. Muchas nos sentimos identificadas. Ayer mismo mi madre , 85 años, me pidió cita para ir a su peluquería en Toledo, otro mundo…

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