Píkara Magazine: Nosotras, las impopulares.

 

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Ilustración: Sonia Lazo

Txus García para Píkara Magazine

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

El despertar (fragmento), Alejandra Pizarnik


Se acercan fechas para romantizar la toxicidad familiar, sobreactuar, sufrir y aparentar. Y yo no tengo la tecla para espumillones, así que este será un artículo fuertemente impopular. Me alejo del buenismo para hablaros de espiritualidades, miserias e incertidumbres. Como siempre, pues, de cosas muy pequeñas y nada académicas. Seré la apestada de clase, la que todo el mundo evita en el patio. Menos Sofía, la niña tierna de ojos verdes y alma vieja. Para ella escribo, pues, y para todas las sofías que esconde este mundo de éxitos incontestables, de soberbia digital y miraquelindismo. Ya sabemos que la tristeza no es un asunto popular y likeable: la angustia, el fracaso, lo amargo del pomelo, andar con la patita doblada en público, no vende. Contestar “fatal” cuando te preguntan mecánicamente “qué tal todo”, deberíamos hacerlo más a menudo, y así confrontar esta norma social no escrita del “bien, voy tirando”. En este mundo de cuidados y de personas en el centro, a menudo no aparecen sororidades sólidas para sostener nuestra mirada oscura o esa sonrisa que trueca en mueca desdichada. “Pues yo también bien”, y a otra cosa, mariposa. Y nosotras, las impopulares, nos alejamos sin más, acarreando nuestro saquito lleno de fragmentos de corazonalma.

«Ya sabemos que la tristeza no es un asunto popular y likeable: la angustia, el fracaso, lo amargo del pomelo, andar con la patita doblada en público, no vende», @Txus_Garcia CLIC PARA TUITEAR

Siempre me han fascinado los versos, cargados de dolor, gozo o preguntas, del libro de los Salmos. Y desde que vivo abocada a mi propio kintsugi, son lectura frecuente en mis descensos al pozo. Estos cánticos bíblicos son oraciones intensas, lanzadas a un poder superior, desde una espiritualidad honda y conectada con la tierra. Aquí no hay intermediarios clericales, no hay reglas escritas ni protocolos religiosos. Solo una fuerte necesidad de comunicarse desde lo profundo en tiempos de desesperanza, desasosiego o tristeza. Es una conversación con la trascendencia -la respuesta de la Otredad yace implícita entre renglones-, para que nos reconecte con la alegría, la fortaleza o el ímpetu guerrero. La mayoría de estos textos espirituales de exaltación y súplica, que existen en la mayoría de religiones y credos, son llamamientos para conseguir el favor divino y derrotar a quienes nos aplastan. Salir victoriosas e incólumes de tiempos difíciles. El Salmo 13 es un gran ejemplo: Oh Señor, ¿hasta cuándo te olvidarás de mí? ¿Será para siempre? / ¿Hasta cuándo mirarás hacia otro lado? / ¿Hasta cuándo tendré que luchar con angustia en mi alma, / con tristeza en mi corazón día tras día? / ¿Hasta cuándo mi enemigo seguirá dominándome? / Vuélvete hacia mí y contéstame, ¡oh Señor, mi Dios! / Devuélvele el brillo a mis ojos, o moriré.

Perder el brillo de los ojos, olvidar que merecemos sentir placer o alegría, masticar la ansiedad, retraumatizarnos, que nos falte el élan vitalEstar o ser deprimida se narra desde la carencia, porque cuando nos atenaza este estado experimentamos una pérdida de fe en lo venidero. O, como explican algunas chamanas, se nos desprendió un trozo de alma y deambulamos, incompletas y nostálgicas, por un penoso túnel sin final ni luces al fondo. La depresión es arrojar una batería de preguntas atormentadas a la esperanza, y obtener un silencio angosto y hondo. Una puerta cerrada hacia las posibilidades, la redención o la calma. Levantarse de la cama es una hazaña, y lo cotidiano deviene un terrible castigo: somos Sísifo, Atlas y Prometeo encadenado. Una se siente expulsada de la sonrisa, pesan las extremidades y devenimos “animal de recuerdos, lento y triste animal”, que escribía el poeta Vicent Andrés Estellés. Nos quedan entonces los salmos propios, cante jondo desde nuestra “noche oscura del alma”, ese tiempo en la vida de todas, de más o menos duración, en el que creemos que somos más muerte que vida, más angustia que poder, más negación que afirmación.

«La depresión es arrojar una batería de preguntas atormentadas a la esperanza, y obtener un silencio angosto y hondo», @Txus_Garcia CLIC PARA TUITEAR

Aparecen entonces, y es nuestro deber desecharlos, toda suerte de gurús, terapeutas de cursillo, libros de autoayuda, dietas sin, química química química, enfoques cognitivo-conductuales, terapias sistémicas, psicoanálisis descarnado. La culpa la culpa la culpa. Transferencia, adherencia, árbol familiar, madre, sexo. “Las crisis son oportunidades”. “Ya pasará”. “Aprovecha porque el cuerpo te ofrece una parada”. “Anímate”. “Haz cosas que te gusten”. “Te quiere mucha gente”. “Busca soluciones”. “Eres fuerte”. “No te encierres en casa”. Y no. A la mierda. No es fácil mostrarse como sufriente en este mundo perfecto, billywonkiano y coronado de retweets, filtros, efectos, purpurina y musiquitas. Pero a pesar de que sientas ese doloroso adormecimiento, que no encuentres por ningún cajón por la mañana las ganas de latir y de compartirte, deja todo y síguete. Recuerda que estás en otro punto, que no eres las misma que hace un instante. Atraviesa el espejo sin miedo, o toma la píldora roja para huir de Matrix. Busca la fe hasta debajo de las piedras. Fíjate en quien de veras te está ofreciendo un batido de apoyo y de escucha activa para acompañarte en este momento, y bebe despacio y a sorbitos pequeños. Nútrete de ti misma, revierte ese terror paralizante que te atrapa en acción y adrenalina. Que los recuerdos sean fotogramas borrosos, y que una buena psicóloga te acompañe. Toca cambiar de vestido, de miedos, de lugar, de relaciones familiares enfermizas, de trabajo o de amores. Defiéndete, reconócete, reclama tu espacio, tu tiempo, libera tu canto a la vida. Déjate cuidar, afloja, suelta lágrima y grito, pide, abandónate en esos brazos que se te ofrecen, sinceros e ilimitados.

Nosotras, las impopulares, las vacas sin cencerro del capital social. Las que nos vamos antes de que se acabe la fiesta, las que por timidez o por saturación salimos a fumar para no saludar a demasiada gente. Las personas altamente sensibles con corazón de pajarito, las locas y las heridas, debemos responsabilizarnos, tomar la palabra y sentir nuestro poder. Recordar que somos animales de ternura, amazonas cabreadas y algodón de azúcar. Que estamos hechas de átomos de carbono. Y el carbono, en determinadas condiciones de presión y pureza, se transforma en diamante. Y que de aquí no sale nadie hasta que tú, yo y todas nosotras no salgamos a flote, leche.

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