Píkara Magazine: Guerra pa mi cuerpo.

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Ilustra Sonia Lazo

“Escúchame, tu cuerpo no es un templo. Los templos pueden ser destruidos y profanados. Tu cuerpo es un bosque – bajo su densa cubierta forestal de arces, crecen fragantes y dulces flores silvestres. Vas a crecer de nuevo, una y otra vez, sin importar cuán gravemente te hayan devastado”
Beau Taplin

“Pero a mí nadie me aterra
Pues yo sigo erre que erre
Guerra pa mi cuerpo, guerra”
Paco España

Es mi último número en el cabaret poético que he compartido con Giani Dettori, un maravilloso actor y transformista. He decidido homenajear a Paco España interpretando su canción “Yo soy así”. A finales de los ‘70, él, la travesti, se iba desmaquillando y desvistiendo hasta dejar atrás el brillo y volver a su aspecto cotidiano. En mi caso, transitaré desde mi marica performativo. Suena la canción y desaparecen bigote, sombra de ojos plateada, pestañas postizas y pintalabios. Me desprendo de todos los complementos, plumas, lentejuelas, apliques y prótesis: vuela mi pene realistic flesh. En los últimos compases (“y vivo así porque esta es mi manera /es la verdad, todo está aquí, yo soy así, así y así”), estoy completamente desnuda ante un público atónito y emocionado, que puede contemplarme entera con las luces de sala encendidas, sin filtros.

Cierro los ojos y abro los brazos, me entrego. Salto mortal sin red, payaso deviene trapecista. Aterrada y vulnerable, cuento interiormente los segundos hasta que cambia la música y puedo vestirme con la ropa de calle, también ante el respetable. Me estoy mostrando, sin miedo militante, pero con miedo personal. Porque a estas alturas de mi vida ya no puedo enumerar la cantidad de imperfecciones de mi cuerpo, devastado por la edad, la enfermedad y la genética. Mi imagen no es la deseable para una “poeta seria”; no quedo bien en la foto, no desprendo lesbianchic ni glamour escénico. A pesar de eso, me apropio de los espacios escénicos con mi voz sorprendentemente dulce y mi cuerpo disidente, extraño, gordo, fuerte y machihembrado: una mezcla extraña entre gorila de montaña y oso pardo. Y me están contemplando, desnuda, personas desconocidas. Soy un espejo de feria de sus propios temores y complejos; de su fragilidad escondida tras ropas, actitudes o palabras.

A parte de mis intervenciones escénicas desde hace casi dos décadas, cuando en 2018 se publicó la segunda edición de Poesía para niñas bien y mi nuevo poemario Este torcido amor, decidí presentarlos activamente mediante un microshow poético llamado ‘Mira qué señora más rara, mamá!’. Con mi maleta rosa, mis plumas y mis plataformas he viajado hasta Bilbao, Toledo, Madrid, Valencia, Palma de Mallorca, Sevilla, Barcelona y Valladolid, entre otras ciudades. Y aún sigo en ruta, entregándome y recitando mis versos espurios, mi poesía sin filiación ni padrinos. No es fácil, porque a cada presentación se me caen los palos del sombrajo, las paredes que me sustentan, los anclajes privados que me agarran a mi mundo interior. Me expongo públicamente y, como un animal confiado, muestro mi tripa, a ver qué recibo. Busco caricias y alimento, pero arriesgo mi seguridad. Me lanzo a los leones de un público a veces acogedor y otras inicialmente hostil.

Y no, nadie me ha pedido que haga esto, y para algunas personas puede ser quizás molesto, desagradable o innecesario. Pero yo tampoco he pedido la LGTBifobia, la gordofobia, las agresiones o la violencia, y ahí están cada día, molestas, crueles e innecesarias. Y he decidido que mi activismo sea desde aquí. Yo pongo el cuerpo, y eso son muchas horas de preparación, de ensayos, de medir hasta aquello que parece espontáneo. Luchar contra los nervios y el hormigueo (ansiedad) justo antes de lanzarme al ruedo e inocular en vena la libertad, la celebración, el dolor y el orgullo de ser maravillosamente única. El sentido del humor y la poesía evidencian con guante de seda la extravagancia, el patetismo cotidiano, la vulgaridad, el pecado, la vergüenza y el fracaso del ser humano, y señalan a los culpables del odio. Aquellas personas que me miran son, a su vez, miradas por mí. Algo parecido a lo que hicieron Marina Abramović (performance Rhythm O), o Lazlo Pearlman (Fake Orgasm, película de Jo Sol), pero sin dar espacio ni a la acción del público ni a sus preguntas. Sólo Peep Show, mirada y cuerpo. Y me siento una poeta orgullosamente travesti. Una heredera bastarda de tantxs artistas que se dejaron la vida entre escenarios, intentando convertir las risotadas crueles en sonrisa escénica, respeto y admiración. Como decía Pedro Lemebel en su Manifiesto (Hablo por mi diferencia): “Tengo cicatrices de risas en la espalda.”

Para la mayoría de poetas, pues, es más fácil: ofrecen su libro protegiéndose con guantes de látex, rodeados de asepsia y con una sonrisa satisfecha de respetable alta literatura cis hetero, esperando que lleguen reseñas, parabienes y ventas. Pero yo no entiendo este proceso creativo sin intervención social, sin contacto con la realidad. La poesía debe ser barro. Me performo para poder transformar a los demás con mis versos. Porque si la poesía no transforma, no recorre transversalmente a las personas que te leen, no funciona. Es baldía e inane, un eco del lenguaje bien estructurado y estético. Un ritual de poetisos y poetisas buscando aprobación y laureles, premios literarios y palmaditas. Prefiero la víscera, el ridículo, el miedo escénico y la verdad. Porque cuando escribo, me entrego, y mi cuerpo también necesita llevar más allá las palabras, transformarlas en objeto acariciable, en juguete del público. O como escribía Gabriel Celaya en su poema “La poesía es un arma cargada de futuro”:

(…) Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque a penas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse

Por eso decido mancharme. Corporalizo versos y declamo desde la entraña, abocando emociones sin pudor. Asumo, pues, riesgos múltiples; la única careta es mi cuerpo, el atril, la voz. Y el sentido del humor, siempre cumpliendo la prerrogativa que explica Brigitte Vasallo: “La sátira para serlo tiene que apuntar hacia arriba o apuntar hacia dentro”. Yo voy hacia adentro: mis pies están desnudos, en contacto con el mismo suelo que comparte el público. Porque así, cuando se me cae el alma, o lanzo la risa al aforo, sé que habrá personas que las recojan amorosamente. Salto temeraria, confío: muestro carne, versos y fragilidad. Y justo antes de empezar, me comen los nervios, me cambia el humor, soy taciturna, torpe y tímida. Para poder ser pública, procaz y ocurrente, hay que partir del recogimiento y la tristeza del clown sin maquillar, cuando acumula toda la energía latente para corporizarse ante esos desconocidos. Hay muchas maneras de entender el arte de la performance, pero sólo si esta electrifica al público, es útil. Performar es conseguir que el cuerpo y/o la palabra traspasen al público en un gesto mínimo, exacto. No es necesario ser intenso gratuitamente, no hay que sobreactuar, o ya no es performance. Como decía la Abramović : When you are acting, it’s ketchup and you don’t cut yourself. When you perform, you have a knife, and it’s your blood.

Por eso aparco a la poeta y me transformo en rapsoda, que etimológicamente se compone de la raíz del verbo ῥάπτειν, que significa coser, y la partícula ᾠδή, relacionada con el canto. Me encaja más, porque designa a aquella persona que aúna y oraliza fragmentos de historias, compartiéndolas de modo divertido y ambulante. Performando el texto para que llegue a todo el mundo, sin elitismos ni cifrajes, transgrediendo límites. Porque la transgresión no es la sangre, el desnudo, la herida, el terror. La transgresión es llegar al centro mismo del público. De un modo único, relevante, certero. Un disparo mortal, no un tiroteo desenfrenado que al final acierta su objetivo casi por error. No hay error en la ejecución exacta, no hay movimientos sucios o poco estudiados. Improvisa, pero que nadie sepa que lo estás haciendo. Equivocarse, ser frágil, es parte de ese arte. Pero siempre estudiado, concreto. Vertebrado por un discurso claro y la necesidad de comunicarlo abiertamente y sin ambages. A lo largo del tiempo, mis conceptos sobre rapsodia, performance y presentación pública se han modificado y enriquecido, he abierto los ojos y me he dejado invadir por el trabajo de otras personas en este campo. Y siempre teniendo en cuenta lo que decía el maestro clown Pitosfky: “You have to be all heart and give people pure love”. Conseguir la apertura en el otro sólo es posible si previamente tú te abres de par en par: mírame, mi vulnerabilidad se parece a la tuya, y es posible desplegarla y acogerla con amor.

Porque sorprender, molestar, incomodar o provocar es fácil. Lo complicado es que ese acto produzca cambios, escoriaciones y movimientos de tripas en aquellxs que te miran, que te escuchan. Hace falta magia, trabajo, voluntad y responsabilidad. Y también un tanto por ciento de inocencia y dulzura. La garra ya viene, automática, al iniciar el acto performativo con esos ingredientes. Y la poesía escrita desde esa habitación propia, de repente se puebla de seres con la piel erizada, la risa incontenible y los ojos empañados. Personas sin miedo a la dulzura que han creído que esta mamarracha travesti desenfocada que usa palabros en los poemas es algo más que lo que muestra. Alguien rebosante de amor y de verdad que no teme a compartirse.

En tiempos de derrumbamiento general, desde mi osera, os invito a mostraros. A tomar el poder y los espacios que pretenden arrebatarnos, y a restañar heridas con la ternura. A procuraros cuidados desde la autenticidad y la palabra. Es lo único que va a salvarnos del abismo, de la herida y del dolor. Palabra de rapsoda.

Este texto que aparece en (h)amor 4, de la editorial Continta Me Tienes, noviembre de 2019.

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