Píkara Magazine: No country for viejas bolleras.

Ilustración: Ana Penyas
Ilustración: Ana Penyas

Por Txus García en Píkara Magazine


 

Puede que sea mayor, ¿y qué? Todavía estoy muy buenaBetty White, Rose en “Las chicas de oro”

– Mira, lo que te pasa es que con la edad tus ovarios están estropeándose y ya nada funciona como debiera. Tu cuerpo experimenta esos cambios y debes empezar a cuidarte ahora que entras en la perimenopausia, o luego ya será demasiado tarde.

Antes de entrar a la consulta de la ginecóloga he rellenado una ficha con mis datos personales. Hay tres preguntas que he respondido con un interrogante y una exclamación para mostrarle mi estupor. “Estado civil” (?!), “Estudios y profesión del marido o compañero” (?!), “Edad del marido”. En la parte de abajo hay un genograma vacío dónde me colocará. Una redonda para mí, un cuadrado para él. Y líneas de las que saldrán pequeños cuadraditos y círculos para mi lógica descendencia con ese fiel esposo.

– ¿Embarazos?
– Ninguno.
– ¿Anticonceptivos?
– No, ni para temas de salud ni para evitar la concepción. Soy lesbiana tal y como aparento, se lo digo por si me va a hacer alguna pregunta relacionada con la sexualidad, el deseo o mis relaciones.
– …. Ajá.

Se masca la tragedia, esta es la salida forzosa del armario número 345343545647 de mi vida. Me siento una maldita heroína LGBTQ, una especia de San Esteban queer por algo tan absurdo como reafirmarme ante una desconocida que va a hurgar en mis femeninas entrañas. System failureElla se limita a anotar “homosexualidad” en la ficha. Tengo decenas de informes de urgencias que nombran este estado de mi alma como si fuera una patología más a tener en cuenta para un posible diagnóstico.

– ¿Pareja estable?.
– mnnnññnnnññno, pero si que “mantengo relaciones sexuales satisfactorias”.

Yo sonrío, buscando una complicidad que hallaría más pronto en la lámina sobre anticoncepción que cuelga de su despacho, que en la ginecóloga. Sólo arquea las cejas muy levemente. Yo rezo por dentro para no tener que desarrollarle mi visión sobre las relaciones afectivosexuales, sólo quiero una solución para lo mío. Ella va anotando todos mis síntomas de los últimos meses: desajustes en el ciclo y reglas caóticas y abundantes. También indaga en mis antecedentes, ser de familia de gordos ya sabemos que predispone a toda suerte de males, desgracias y maldiciones seculares.

– ¿Cambios de humor, inestabilidad emocional, sofocos?
– No, nada que cualquier persona sometida a las presiones de esta complicada vida no experimente.

Qué bien me expreso, que se note que soy poeta, leñe. Pero en mi interior recuerdo alguna mala leche descolocada, lloriqueos en domingo y calores al ver a alguna señora estupenda, ¿eso cuenta como síntoma de desequilibrio hormonal?

Mi mood, desde que relleno la maldita ficha al llegar hasta este momento, es bastante delicado. Me debato entre hacer pedagogía, explicar mi caso por encima o levantarme e irme. Pero estoy agotada. Agotada de meses de molestias y sangrados imparables, de sentir que mis presuntamente viejas hormonas me están llevando a momentos tristes, de estar desubicada y sentir que el final de mi vida fértil se acaba. La precariedad ha hecho que una amiga haya pagado esta consulta con una profesional de renombre, que combina su carrera médica con las terapias alternativas. He depositado mi esperanza en ella tras meses de encontrarme fatal, y sentir que en la seguridad social se limitaban a recetarme progesterona y anticoagulantes sin apenas mirarme a la cara.

Y de nuevo tengo la sensación de no encontrar mi lugar a consecuencia de este deseo hacia las mujeres*. Por lo visto es excluyente una revisión cómoda, cómplice y fluida si no eres hetera y/o madre. Obvio, siento un pinchazo de dolorosa solidaridad pensando en cómo debe resultar la experiencia trans* en los consultorios médicos.

– Y las relaciones afectivas, ¿cómo te van?
– Pues mire, después de dos matrimonios con sus correspondientes divorcios y duelos, algunos encuentros fugaces y fallidos con o sin embate sexual más o menos efectista, me he cansado. Me planto, doctora, lo juro.

Se me ha escapado la monologuista que me habita, y ella intenta una extraña mueca que podría ser una sonrisa. Y eso que no le hablo de apps, fiestas temáticas queer y poliamor recalcitrante porque temo que implosionaría. Quisiera narrarle, por si le despierta el lado salvaje, lo de las identidades no binarias, las cuerpas diversas liberadas, el fuck friend y la multiplicidad de afectos y de deseos. Doctora, le confesaría, ahí afuera hay barra libre, comida rápida, menú gourmet o abstinencia si hay consenso. No le digo tampoco que yo en concreto me siento perdida ante tanta oferta. Pulpo con garaje propio busca. Soy una señora rara que no encuentra su sitio en este sindios de las relaciones 2018. Una vieja bollera de las del billar hartita de dar efecto a las bolas. Qué pereza todo, de verdad.

– Veo que tienes una gran claridad mental y te expresas de manera segura, concisa y ordenada. Pero vamos a ahondar en porqué esto no acaba de funcionar y si tiene alguna vinculación tu desajuste con tus afectos y la revisión que se suele experimentar en esta etapa de la vida. Las mujeres somos un todo.

El rollo mujer multidimensional me convence, y me alivia que no haya llamado inmediatamente a dos esbirros con bata blanca para que me arrastren a una institución. Así que al final le cuento los bollodramas que recuerdo: relaciones que no funcionaron, acompañamiento amoroso de rupturas y sobre todo la lucha por mantenerme a flote. Mi deseo de seguir creciendo a pesar de mis casi 44 años de activismo personal. Necesito que sepa que aunque perimenopáusica, soy una lesbiana viva, creativa, y activa sexualmente. Sólo eso, joder. Nada más.

– La perimenopausia es impredecible y nos afecta en nuestra vida cotidiana. Haremos unos análisis para ver cómo están tus hormonas, pero vaya, mentalízate que vas hacia el fin de tus ciclos.

Para mí que soy taróloga, eso equivale a La Torre, La Luna y El Colgado. El Armaggedon de mi coño moreno, vamos.

– Tienes que vigilar el peso, hacer meditación, tomar estos suplementos que te anoto y quizás apuntarte a Pilates para moverte un poco. Y claro, deberías dejar de fumar.

Por lo que me dice la doctora no basta con la bicicleta estática que me compré como toda mujer entrada en carnes y años. Además debo meditar en mi osera con mis gatos, comer sano, tomar brebajes plant-based y ejecutar posturas ergonómicas junto a otras señoras bien. Haré lo que me salga de los adentros y no pienso dejar de fumar todavía, pero a cambio prometo ser un referente de sensatez y limitarme a otras actividades inocuas. Quizás coleccione cosas iguales, de preferencia buhítos, brujitas o dildos. Las manualidades o el macramé no se me dan bien, así que intentaré mantener mis dedos ocupados de otras formas igualmente creativas, relajantes y placenteras.

– Bueno, María Jesús, nos vemos en un mes y me cuentas qué tal los ciclos, el cambio de hábitos y la toma de suplementos. Recuerda que es importante mantener el optimismo y prepararse para los cambios. Puedes pagar con tarjeta si quieres.

Salgo de la consulta sintiéndome una irresponsable madurita cargada de malos hábitos, además de con la extraña sensación de haber estado agitando locamente la bandera arcoíris durante una hora. Y eso que, como es habitual en las que somos raritas, me he esforzado en justificarme y demostrar que ando bastante bien ajustada mental y emocionalmente. Todo controlado a pesar de mi incipiente decrepitud. Porque últimamente las señales sociales y culturales me están arrastrando, sin quererlo, a un nuevo escenario personal. Las ofertas de trabajo ya me excluyen directamente por mis años, los anuncios me sugieren comprar cremas anti-edad, adelgazarme rápido y tomar suplementos para evitar la hipertensión, la osteoporosis, la descalcificación, la falta de deseo, la ansiedad o el insomnio asociados a la fuckin’ madurez.

Porque claro, ya no soy radiantemente joven ni todavía una venerable anciana repleta de sabiduría. Como en la adolescencia, no soy ni una cosa ni otra. Estoy en una fase, un tránsito que me está poniendo de los nervios por culpa de unas hormonas que yo no había pedido y que a veces desearía revertir. Y parece que sólo me queda aquello que decía aquel poeta de los 80:

Perdido en mi habitación / busco en el cajón / alguna pastilla / que me pueda relajar / me pueda quitar / un poco de angustia.

Pero no, yo soy una locaza y no me sale de las gónadas que me retiréis del escenario con la excusa de fertilidades y otras mandangas edatistas y patriarcales. Hablando de machismos, Woody Allen, ese señoro, escribía para el guión de Misterioso asesinato en Manhattan: “Guarda algo de locura para la menopausia.” Pues queridas, si eso es así, agarraros fuerte que esta perimenopáusica doblará apuesta. Desde la tranquilidad que me dan los años, esa desvergüenza absoluta que proporciona haber vivido ya muchas experiencias, y mi tierna mala leche de serie, os aseguro que vais a ver a alguien que abraza su madurez para devenir en el futuro una vieja tatuada y desgastada de tanto crear, divertirse, sorprender, follar, amar y mandar al cuerno a cualquiera que se interponga entre mi felicidad y yo. Ah, y no, no me he apuntado a Pilates, si no a un curso de Autodefensa Feminista. Así que cuidadín.

Por lo visto todo esto de los ciclos femeninos, o se sacraliza en exceso o se desprecia de modo gratuito. Sobre todo la ausencia de ellos. Como ocurre con la falta de útero o la presencia genital inadecuada socialmente, las carencias o excesos normativos te reducen a una nada incompleta o carente de genuinidad que te aboca a los márgenes. Pero la resilencia, el sentido del humor y las benditas redes afectivas nos salvan, como siempre. Y nos creamos. Y entonces evoco una gran conversación de Las Chicas de oro [temporada 2, traducción de la autora] para desengrasar:

Dorothy: [hablando sobre la menopausia] ¿Cuál es el problema, Blanche? No es un problema. Míralo así: no tendrás calambres una vez al mes. No comerás compulsivamente una vez al mes. No te volverás loca una vez al mes.
Sophia: No, sólo significa que te sale barba.
Dorothy: No la escuches, Blanche.
Sophia: ¡Te crece una barba con la menopausia, Dorothy! ¡Creedme, yo una mañana me levanté y parecía Arafat!
Blanche: ¡Oh, Dios mío!
Rose: Pues a mi nunca me creció barba.
Sophia: Tampoco nunca te creció cerebro, Rose.

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