Piel de rapsoda: herramienta verso.

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¡Perderme lejos, lejos! Pues volaré contigo,
no en el carro de Baco y con sus leopardos,
sino en las invisibles alas de la Poesía,
aunque la mente obtusa vacile y se detenga.

(John Keats)

Ayer presenté mis libros. No fue fácil. Estalló toda la trama de emociones que he estado urdiendo en mi habitación propia para convertirlas en verso. Se me caen los palos del sombrajo, las paredes que me sustentan, los anclajes privados que me agarran a mi mundo interior. Me expongo públicamente y, como un animal confiado, muestro mi tripa a ver qué recibo. Busco caricias y alimento, pero arriesgo mi seguridad.

Para algunxs autorxs es más fácil. Entregan su libro protegiéndose con guantes de látex, rodeados de asepsia y con una sonrisa satisfecha de alta literatura occidental. Esperando que lleguen reseñas, parabienes y ventas numerosas. Pero yo no entiendo este proceso creativo sin contacto, sin barro, sin dolor, sin desnudez. Por eso performo mi poesía y la declamo desde la entraña. La aboco sin pudor hacia las personas que me van a leer cuando acabe mi presentación. Asumo riesgos múltiples; la única careta es el maquillaje, el atril, la voz. Mis pies están desnudos, en contacto con el mismo suelo que comparte el público. Porque así, cuando se me cae el alma, o lanzo la risa al aforo, sé que habrá personas que las recojan amorosamente. Salto sin red, confío, muestro carne, poesía y fragilidad.

Y justo antes de empezar, me comen los nervios, me cambia el humor, soy taciturna, torpe y tímida. Para poder ser pública, procaz y afilada hay que partir del triste clown sin maquillar. Toda tu energía está latente y acumulándose, preparada para corporizarse ante esas personas que vendrán. Debo performarme a mí misma para poder transformar a los demás con mis versos. Porque si la poesía no transforma, no recorre transversalmente a las personas que te leen, no funciona. Es baldía e inane, un eco del lenguaje bien estructurado y estético. Un ritual de poetisos y poetisas buscando aprobación y laureles, premios literarios y palmaditas. Prefiero la víscera, el ridículo, el fracaso, el miedo escénico y la verdad. Porque cuando escribo, me entrego, y mi cuerpa también necesita llevar más allá las palabras, transformarlas en objeto acariciable, en juguete del público.

Por eso performo: para viviros plenamente. Por eso aparco a la poeta y me transformo en rapsoda. Y es que rapsoda etimológicamente se compone de la raíz del verbo ῥάπτειν, que significa coser, y la partícula ᾠδή, relacionada con el canto. Me encaja más, porque designa a aquella persona que aúna y oraliza fragmentos de historias, compartiéndolas de modo divertido y ambulante. Performando el texto para que llegue a todo el mundo, sin elitismos ni cifrajes. O como escribí hace poco, hay muchas maneras de entender el arte de la performance, pero sólo si esta electrifica al público es útil. Performar es conseguir que el cuerpo y/o la palabra traspasen al público en un gesto mínimo, exacto. No es necesario ser intenso gratuitamente, no hay que sobreactuar o ya no es performance. Como decía la Abramović : When you are acting, it’s ketchup and you don’t cut yourself. When you perform, you have a knife, and it’s your blood.

Pero la transgresión no es la sangre, el desnudo, la herida, la vagina. La transgresión es llegar al centro mismo del público. De un modo único, relevante, certero. Un disparo mortal, no un tiroteo desenfrenado que al final acierta su objetivo casi por error. No hay error en la performance exacta, no hay movimientos sucios o poco estudiados. Improvisa, pero que nadie sepa que lo estás haciendo. Equivocarse, ser frágil, es parte del arte de perfor(m)ar. Pero siempre estudiado, concreto. Vertebrado por un discurso claro y la necesidad de comunicarlo abiertamente y sin ambages. El matrimonio perfecto entre El Loco y La Papisa.

Retall Txus pluma_Pepa Vives.jpgA lo largo del tiempo, mis conceptos sobre rapsodia, performance, y presentación pública se han modificado y enriquecido. Es importante abrir los ojos y dejarse invadir por el trabajo de otras personas en este campo. Ver performances horribles, ver las buenas. Muy pocas son buenas, poquísimas consiguen esa apertura en el otro. Porque sorprender, molestar, incomodar o provocar es fácil. Lo complicado es que ese acto produzca cambios, escoriaciones y movimientos de tripas en aquellxs que te miran, que te escuchan. Hace falta magia, trabajo, voluntad y responsabilidad. Y también un tanto por ciento de inocencia y dulzura. La garra ya viene, automática, al iniciar el acto performativo con esos ingredientes. Y tu poesía escrita desde esa habitación propia, que de repente se ha poblado de seres con la piel erizada, la risa incontenible y los ojos empañados.

Gracias, pues, por ayer. Por vuestros ojos, vuestra risa; por la piel. Gracias por el calor, la protección de la rapsoda desnuda, y por todo ese amor que sentí: el recuperado, el leal, el antiguo, el nuevo y el fugaz. En tiempos de derrumbamiento general y desde mi atalaya perfopoética, os invito a restañar heridas con la ternura y a procuraros cuidados desde la verdad. Es lo único que va a salvarnos del abismo, de la herida y del dolor. Palabra de rapsoda.
Txus García.

 

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